La escapada: cuando el amor es miedo

1.

El miedo puede más que el amor. Siempre. El miedo puede más que nada. Y el amor, cuando lo es, es miedo. Y no puede consumarse, a no ser aniquilando. A su objeto. Mejor sufrir deprisa. Sin resuello.

2.

Habitación de hotel barato. Dos cuerpos jóvenes y bellos que se buscan, se eluden, chocan. Y una novela de Faulkner, cuyo pasaje final la chica del cabello cortísimo lee en un hermoso inglés americano… Between grief and nothing, I will take grief. Entre la pesadumbre y la nada, elijo la pesadumbre.

3.

“La pesadumbre es idiota. Elijo la nada. No es que sea mejor. Pero la pesadumbre es un compromiso. Yo quiero todo o nada”. En la voz de un humano eso quiere decir: nada. No hay otro “todo” para un humano. Y los dos jóvenes cuerpos chocan. Fin de la secuencia.

(tres extractos tomados de Tres minutos de “Al final de la escapada”, Gabriel Albiac, ABCD 27/03/2010)

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La isla y el signo de fuego

Jonas (Molten), Ryan McGinley, 2009

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Seredes quen seredes.

Claudio Rodríguez Fer

“Hablando de su niñez, María [Zambrano] puso ante nuestros ojos la plástica y expresiva imagen de sus deseos. Escribió en su texto A modo de autobiografía nada menos que esto: “Primeramente quise ser una caja de música. Sin duda alguna me la habían regalado, y me pareció maravilloso que con sólo levantar la tapa se oyese la música; pero sin preguntarle a nadie ya me di cuenta de que yo no podía ser una caja de música”. Unas líneas más adelante añade: “Después supe de unos caballeros templarios, porque en Segovia, donde yo cumplí los seis años […] estaban, como monumento nacional, los templarios. Estaban cerrados, deshabitados. Yo le pregunté a mi padre quiénes eran […]; recuerdo que me dijo que eran unos caballeros, y yo era una mujer, y entonces pregunté, no sé si a mi padre o a mi madre, si había que ser siempre lo que ya se era, si siendo niña no podría ser nunca un caballero, por ser mujer. Y esto me quedó en el alma, flotando, porque yo quería ser un caballero y quería no dejar de ser mujer”.

Todavía en el mismo párrafo María se pregunta: “¿Qué otra cosa quise ser? Pues quise ser un centinela, porque cerca de mi casa, en Madrid, se oía llamarse y responder a los centinelas: “Centinela alerta”, “Alerta está”. Y así yo no quería dormir porque quería ser un centinela de la noche, y creo sea el origen de mi insomnio perpetuo ser centinela. Pero claro está que de hecho no lo podía ser”. La conclusión a la que llegó, ya por entonces, fue la siguiente: “Y así, cuando me di cuenta de que no podía ser de hecho nada, encontré el pensamiento, encontré lo que yo llamaba, lo que sigo llamando, “la filosofía”. Y añade: “Pero tampoco esto yo podía. Mi padre me habló de la academia Platónica donde está inscrito: “Nadie entre aquí sin saber geometría”. Y yo […] le preguntaba a mi padre: “¿Pero cuándo me vas a enseñar geometría?” “¿Y para qué?” “Porque yo tengo que pensar”.

Pero no todo el pensamiento requiere rigurosamente de la geometría, sino que es abierto, de modo que contra lo que entonces imaginaba, María Zambrano pudo dedicarse a él, y no sólo a él. Veremos que, a su modo, cumplió los otros tres deseos y que estos deseos nos sirven para explicar su actitud vital y su pensamiento: fue centinela pues cruzó las noches al acecho del conocimiento del alba, el cual, como he dicho, concretó en uno de sus últimos libros, De la Aurora; fue caballero en su postura y actuación política, y fue música en textos especiales, como Claros del bosque, y también en el hablar.”

María Zambrano. Desde la sombra llameante, Clara Janés

La confianza

Andrei Rublev, Andrei Tarkovski (1966)

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Cuando se cuenta con la fe de los demás, con el crédito que nos dan, el hermetismo se ha roto. Mientras se vive en una situación hermética, todos los intentos de comprensión entre semejantes se realizan apelando a razones; en virtud del porqué y el para qué; nos pide cuentas el prójimo y tenemos que dárselas. Y las razones no operan, no unen si no es sobre la confianza; la razón en la vida no funciona más que sobre algo previo, fe, confianza, caridad.

Y sólo a partir de este entendimiento, de este crédito, es posible la comunidad con los demás. Y solamente a partir de esta comunidad es posible la acción. La acción verdadera, que brota de un corazón transparente, y que, para ser efectiva, para realizarse necesita ser también transparente ante los demás. Ser transparente es ser creído, ser mirado en caridad.

La confesión: género literario, María Zambrano

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Una de las cosas más bellas que he leído últimamente la escribió y publicó Stalker en su blog hace algún tiempo. Creo que tiene relación con todo esto. Es una reflexión muy, muy bella, empieza así:

“Un niño, generalmente mudo o autista, actúa sobre el mundo…”

Hamlet

Ofelia entre las flores, Odilon Redon (National Gallery)

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ROSENCRANTZ: Mi buen señor, ¿cuál es la causa de vuestra turbación? Cierto es que ponéis barreras a vuestra propia libertad si escondéis a vuestros amigos eso que os atormenta.

HAMLET: Me falta ambición.

ROSENCRANTZ: ¿Cómo? ¿No tenéis la palabra del propio rey para sucederle en Dinamarca?

HAMLET: La tengo, señor, pero “mientras crece la hierba muere el caballo”. Es un proverbio que casi huele. [Entran cómicos y flautistas]. ¡Ah! ¡Las flautas! ¿Me permitís ver una? En confianza, ¿por qué acecháis de ese modo poniendo el viento a mi favor como para que caiga en la trampa?

GUILDENSTERN: Mi señor, cuando el sentido del deber nos hace indiscretos, el afecto se vuelve descortés.

HAMLET: No acabo de entender eso. ¿No querríais tocar la flauta?

GUILDENSTERN: No sabría tocarla, mi señor.

HAMLET: Os lo ruego.

GUILDENSTERN: En verdad, no sabría.

HAMLET: Ea, os lo suplico.

GUILDENSTERN: No podría siquiera manejarla.

HAMLET: ¡Es fácil! Como mentir… Poned los dedos, y el pulgar también, en esos orificios; soplad y veréis cuán elocuente es su música. Fijaos bien: estos son los registros.

GUILDENSTERN: Sería yo incapaz de extraer de ella ni una sola nota melódica. Me falta la destreza necesaria.

HAMLET: Muy indigno debo pareceros, puesto que sí queréis que yo suene; y además conocéis mis registros y hasta me arrancaríais mis secretos más íntimos. Haríais vibrar todas mis notas desde la más baja de mi registro hasta la más alta. Y sin embargo, habiendo más música y tan excelente en este pequeño instrumento, no podéis hacer que hable. ¡Voto al cielo! ¿Soy yo más fácil de tocar que una flauta? Tomadme por el instrumento que mejor os plazca, manoseadme cuanto queráis, pero no lograréis tañerme.

William Shakespeare

(tr. Manuel Ángel Conejero Dionís-Bayer y Jenaro Taléns)

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Pero quien sea yo en este preciso tiempo de mis confesiones, lo desean saber muchos que me conocieron, pero que no me han conocido, porque si han oído algo de mí o a otros de mí, no pueden, sin embargo, aplicar su oído a mi corazón, donde yo soy tal cual soy. Quieren, pues, oír por confesión mía qué soy interiormente, allí donde no pueden dirigir la vista ni el oído, ni la mente. Sin embargo, están dispuestos a darme crédito, ¿acaso lo están por conocerme?

Confesiones, San Agustín