Aventuras melódicas

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En cualquier parte se puede encontrar algo mejor que la muerte.

Jakob Grimm

La historia que se narra en el cuento de Jakob Grimm «Los músicos de Bremen» es la de cuatro animales, un burro, un perro, un gato y un gallo, que viven en el poblado de Dibbsersen, en la Baja Sajonia de Alemania, cuyos dueños han decidido sacrificarles, porque consideran que, por su vejez, éstos sólo consumen comida y ya no les son útiles para el servicio doméstico. Los animales se encuentran después de que cada uno, en forma independiente, haya huido de la casa de sus respectivos dueños. Al conocerse, deciden iniciar un viaje con destino a la ciudad de Bremen, ciudad hanseática liberal y abierta al mundo, conocida por su simpatía por los extranjeros. En su camino hacia Bremen, estos exiliados que huyen de la condena a muerte, llegan al anochecer a una choza en la que están pernoctando unos bandidos. Con el objeto de amedrentarlos para ocupar ellos la vivienda, forman una figura esperpéntica con sus cuerpos, al treparse en la espalda de cada uno de ellos, en el orden que se ha mencionado. Así emiten los sonidos propios de su especie, en unísono, lo que hace huir de terror a los bandidos. En el cuento, en realidad no se sabe si los peregrinos llegaron a Bremen o se quedaron en el camino en una de sus aventuras melódicas.

Los músicos de Bremen, Wikipedia

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3 comentarios sobre “Aventuras melódicas”

  1. Me pregunto en qué nervadura del espíritu se alojan los cuentos de nuestra infancia y cómo ellos nos dicen, cuando ya somos adultos. Cómo compensan, equilibran y nos procuran ecuanimidad.

    A mí también me gustaban mucho los Músicos de Bremen.

    Bremen y Dibbsersen, en la Baja Sajonia.

    Göttingen también está en la Baja Sajonia.

    Y esto tiene que ver con Barbara, con los cuentos, con la infancia, el canto, el miedo, con la desaparición del miedo en la vida y la creación de un espacio íntimo de reconciliación: morada del corazón, espacio donde el temblor es acogido y apaciguado en un dilatado ahora.

    En 1964 Barbara fue invitada a Göttingen para dar un concierto. En el patio de la universidad de esta ciudad, donde en otro tiempo Schopenhauer diera clase, Barbara compuso, en apenas una hora, la canción “Göttingen”. Ese día la cantó a los niños de la ciudad.

    Entre otras muchas cosas, la canción nos recuerda que allí surgieron los cuentos:

    Et que personne ne s’offense,
    Mais les contes de notre enfance,
    “Il etait une fois” commence
    A Göttingen.

    Era un canto por la reconciliación franco-alemana que fue muy criticado en París. Barbara, descendiente de judíos ucranianos, vivió como refugiada, oculta, durante la ocupación nazi. Una bomba de la Wehrmacht destruyó un tren en el que ella viajaba y sobrevivió de milagro. Tenía once años.

    Un poco más tarde cantó Göttingen y otras canciones de su repertorio en alemán. De nuevo bajo la mirada censora de los críticos franceses.

    He estado dos veces en el cementerio de Bagneaux, al sur de París. En la lápida de la familia Brodsky, puede leerse: “Monique Andrea Serf dite Barbara”. En las dos ocasiones he encontrado un lazo con la siguiente leyenda, en francés y alemán:

    “Los niños de Göttingen no te olvidan”

    Aquí una apasionada versión de 1990:

    http://www.goear.com/listen/fbfee8a/göttingen-barbara

    En esta versión Barbara canta en el límite, desde el “impudor” o la entraña expuesta, a quemavida. Como dice en otro lugar (“Perlimpinpin”, donde llora a los niños “abatidos por nuestros fusiles”):

    “Et tout donner, avec ivresse, avec tendresse”

    Casi todas las canciones de Barbara están enraizadas, así, en la vida, en el latido compartido, en un pliegue de la intimidad.

    Casi todas las canciones de Barbara son cuentos en los que ella se exhala, se vierte, se canta.

  2. Si supieras la ternura y la desnudez con la que llegué a esa tumba. Fue como caer a un regazo, y decir el agradecimiento, y llorar en voz baja, disimulando porque el guardia del cementerio me miraba con ojos inquisidores…

    Hace un tiempo dijiste aquí mismo: “Es extraño decirlo. Rohmer me ha ayudado a vivir.”

    Es eso. Cómo un ser, un sólo ser, sostiene nuestra arquitectura en sus momentos más frágiles, más desesperadamente frágiles, y nos enseña a vivir. Puedo decir que Barbara me ha hecho ser quien soy y que sólo he recibido una enseñanza parecida cuando fui alumno de Chantal Maillard. Maestras de vida, las dos con la misma energía, la misma intensidad, el mismo movimiento compasivo.

    ¿Qué hacer con esa belleza? Desatarla, transmitirla desde la morada del corazón, sin temor, con una visión ecuánime, entrañada; cantarla desde la inocencia sin cercos del niño que fuimos.

    No se me ocurre otra manera.

    Todo esto parece serio y grave, pero es una experiencia de felicidad, algo muy cálido y sencillo, como un nido o una madriguera 🙂

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