Hasta donde los pies nos lleven

Leyendo el cómic Gorazde. Zona protegida de Joe Sacco y recordando cosas importantes.

Gorazde. Zona protegida, Joe Sacco (2001)

Campo de fútbol en Sarajevo (Sarajevo, julio 2009)

Niña bosnia después de varios días de viaje a pie de Grebak a Gorazde cargando un saco con 18 kg. de harina durante la guerra.

Pizzería de Sarajevo (Sarajevo, julio 2009)

Vista de la ciudad (Sarajevo, julio 2009)

Atardecer (Sarajevo, julio 2009)

Jack (Sarajevo, julio 2009)

Gorazde. Zona protegida, Joe Sacco (2001)

De Sarajevo al mar 2 (Bosnia, julio 2009)

Los amantes del Adriático (Dubrovnik, julio 2009)

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9 comentarios en “Hasta donde los pies nos lleven”

  1. En una ocasión tuve el cómic en las manos y me gustó su trazo, el pulso del dibujo. ¿Recomendarías su lectura?

    Las fotografías son maravillosas.

    Me hacen pensar en la trama y la urdimbre. Mirando estas imágenes de una tierra que fue asolada puede leerse la trama, el argumento, la sucesión de acontecimientos que configuran eso que llamamos lo cotidiano.

    Por debajo de la trama, la urdimbre: hilos paralelos que son la arquitectura profunda del tejido, los cimientos que permiten la inteligibilidad de la trama y nos dejan acercarnos, así, al sentido más hondo de lo que acontece, ese sentido (el revés de la trama) que a veces contradice o impugna la superficie, donde se sitúa el lector del mundo, y otras la refuerza o la sostiene.

    Aquí la urdimbre sostiene la trama, ahí donde vive lo callado y lo vivo, más allá del dolor, de la tierra quemada y del largo purgatorio que vivieron tantos inocentes.

    Hasta donde los pies nos lleven, sí… Los pies nos llevan a la urdimbre secreta, a las fuentes del sentido. Ahí donde el conflicto se apacigua y cesan todas las diferencias: el espacio germinativo de la interioridad que aloja toda visión.

    He hecho el conjuro para entrar al agua, en Marienbad.

    Sigo utilizando mis instrumentos bajo las constelaciones 🙂

    1. Estuvimos en Sarajevo sólo día y medio, por eso todas estas fotos son del mismo anochecer: lo cotidiano concentrado, inolvidable: y la ciudad se abrió.

      Altas y próximas brillantes constelaciones.

      Entraré al agua en Marienbad.

    1. Esta peli y “No amarás” de Kiewslowski, las vi el mismo verano hace unos diez años. Es decir que vi esta escena y la de la bañera de Kiewslowki al mismo tiempo. Dos muertes en el agua quieta. Y pensé: la vida está en el agua pero el agua tiene que correr. O abrirse al mar.

      De eso hablan los amantes del Adriático.

  2. La intersección entre Kieslowski y Mizoguchi es perfecta y maravillosa. Muertes en el agua quieta: se me disparan un sinfín de asociaciones, demasiadas como para explicitarlas aquí.

    En Benarés hay muchas escalinatas o ghats que bajan hasta las aguas del Ganges, donde los niños juegan, se realizan las abluciones y se arrojan las cenizas de las piras funerarias: todo ello en un vértigo minucioso y sucesivo. Chantal Maillard se situó en cada una de esas escalinatas y bajó hasta el agua para dar cuenta de lo que veía allí, y en ese descenso está la voluntad de disolver el dolor individual en el agua común, el agua de vida. Quizá lo que fluye une y la orilla (los márgenes) aíslan…

    Todo eso requiere un arduo aprendizaje: el que va de la entrega sacrificial (de raíz zambraniana) a la desarticulación de las diferencias entre nirvana (no- soplo o extinción) y samsara (expresado burdamente, el mundo de los fenómenos) en un itinerario de despojamiento, umbral y visión.

    Como ella, Clarice Lispector también habló del agua viva y del salto, de la otra orilla y de los espacios intermedios.

    Por eso Canetti se equivocaba cuando decía: “Nadie quiere ser la puerta”. Lispector, Maillard, Mouchette y Anju son la puerta, el umbral, el salto, el vértigo, la vida. Sólo hay que bajar al agua.

    Me han gustado mucho las fotos “Atardecer” y “Los amantes del Adriático”. Me admira esa capacidad de atención y escucha que permite acoger esos momentos de intimidad privilegiada de los demás entre ellos y con el mundo. Es una virtud poder recibir y conservar ese gesto, esa luz, el “¡Ah!” de las cosas, la vida susurrada de los cuerpos, el grito de admiración que hay en la materia al fin exhumada por la mirada. Esa felicidad.

    Hay una ética poderosa (y una “estricta delicadeza”) en la mirada que sabe hacerse lenta en ese ahora, ese ahí, ese abajo y ese dentro.

    En el ojo del observador se trenza el corazón-ahí. Se podría decir, con Derrida: hay ahí ceniza, hay lugar.

    El lugar donde los cuerpos ardieron de vida y dejaron un lento rastro de combustión e intimidad.

    Más tarde, en el mundo, la posibilidad del tejido.

    Pocas veces he podido recoger esos instantes, pero aquí dejo uno de ellos.

    http://img710.imageshack.us/i/19618363.jpg/

    http://img684.imageshack.us/i/48122412.jpg/

    http://img14.imageshack.us/i/96891324.jpg/

    http://img641.imageshack.us/i/70935047.jpg/

    http://img693.imageshack.us/i/86263999.jpg/

    No me atrevo a llamarlo conjuro porque sería violentar la ternura de los dos caballitos, que corrieron trotando uno hacia el otro y se reconocieron. Parecía que no se habían visto en mucho tiempo. Por eso mejor titularlo: “El reencuentro”. Estuvieron más de dos horas haciéndose mimos, y al final tuve que regresar de noche al pequeño pueblo del Pirineo navarro.

    1. Fructuoso Stalker, no te dije que en mi último viaje por Alemania, en la ciudad de Aquisgrán, tuve ocasión de acercame a un caballo y acariciarle. Lo hice con el recuerdo de estas imágenes en la cabeza.

  3. “Apenas nada”

    Apenas sé de mí, ya, esa imagen diluida que me devuelve el agua cuando llega la noche.

    […]

    Ya no tengo preguntas para los dioses vivos o muertos que mendigan arroz o un lugar pequeño donde ser algo más que una flor que se cierra.

    […]

    Casi no tengo tiempo, ni sueños, ni delirio, ni nada que ofrecer a quien me pida: tan sólo aguas que fluyen, y el canto de una niña, el vuelo de las aves, el surco que abren los remos al hundirse, y nada que permanezca, y las aguas: todo cuanto apenas nace es ya distinto de sí mismo.

    “La otra orilla”, Chantal Maillard

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