Principio de la imaginación (2): los aventureros

A mi abuelo Paco: por los mogambos por el monte (Aloia) y las singladuras por el río (Miño). Por el cine. Por los cuentos al despertar. Por Shakespeare. Por la fortaleza, la imaginación, la aventura y la vida.

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2 comentarios sobre “Principio de la imaginación (2): los aventureros”

  1. Tera:

    Tengo un abuelo que también se llama Paco.

    La fortaleza del abuelo. Pero también su flexibilidad, su cercanía.

    Recuerdo un invierno especialmente duro en las Alpujarras almerienses. Había nevado en el pueblo y era difícil avanzar por las calles. El frío era intenso, cortante.

    Para calentarnos, todos los días bajaba de casa de mis padres a casa de mis abuelos, y ellos me preparaban un brasero que luego yo subía con mucho cuidado. Había que ascender por calles empinadas y sinuosas, con cuidado de no resbalar en la nieve. Yo tenía ocho años.

    Al girar una calle, tropecé y caí, y todo el contenido del brasero se esparció en la nieve: carbones ardientes, rojos y negros, pequeñas estalactitas de fuego en la blancura cegadora.

    Sabía que al llegar a casa me esperaba una regañina bastante severa por parte de mi padre, así que empecé a coger las brasas con las manos desnudas y a echarlas en el artilugio metálico.

    Quemaban, y yo lloraba.

    Entonces sentí una cosa increíble. Una de las cosas más increíbles que he sentido en mi vida: la mano de mi abuelo en mi hombro derecho. Había decidido hacer una visita a mis padres y me acababa de encontrar en aquella delicada situación.

    Sus palabras: “Déjalo. Todo está bien”. Y su mirada infinitamente bondadosa.

    Volvimos a su casa, llenamos nuevamente el brasero y subimos juntos hasta la casa de mis padres. No hubo regañina.

    Al pensar en aquella escena de hace más de veinte años, me doy cuenta de que es un gravísimo error considerar que la poesía es sólo el verso que se da en papel impreso. Un error fatal.

    La poesía es también ese gesto compasivo, esa ternura. Impedir que un niño se queme las manos con carbones ardientes. La poesía como un gesto quizá ínfimo, invisible en la amplitud del mundo, pero infinitamente significativo y que irradia, nos acaricia desde su remoto centro genesíaco.

    Después he tenido al menos dos revelaciones más que apuntan en esa misma dirección.

    Nunca olvidaré aquella mano y aquella mirada.

    De los libros que aparecen en la foto, leí de niño el de Salgari, el de Enyd Blyton y las aventuras de Vania al forzudo (inolvidables). Tintín también, por supuesto.

    Princicio, principio de la imaginación.

    Paestum

    1. Beso la mano de tu abuelo en mi cabeza.

      La mano de mi abuelo también me salvó la vida una vez. Concretamente su dedo pulgar. Y no he sido capaz de darlo en verso todavía.

      O nunca.

      O está ya en cada verso.

      O estalla en cada verso.

      Y como me enseñaron:

      “Et tout le reste c’est littérature” (Verlaine)

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