¡Playa América!

El sábado me desperté en Vigo después de haber celebrado una fiesta de cumpleaños de temática cinéfila la noche anterior: disfraces de películas de la infancia. Había Blancanieves, Sirenitas, gemelas de “Tú a Boston y yo a California”, Heidis, ladrones de “Solo en casa”, Wilmas de los Picapiedras, Spidermans… Yo era Atreyu, el niño indio de la tribu de los Pieles Verdes que junto a su caballo blanco Ártax tiene como misión salvar la tierra de Fantasía en “La historia interminable”.

Cuando empecé el día eran ya las dos de la tarde. Me puse a comer mientras veía el programa que Éric Rohmer realizó para la televisión francesa sobre Louis Lumière en 1968. Cuando acabé el plato, me hundí en el sofá y seguí viendo, profundamente conmovida, la belleza de aquellas imágenes filmadas hacía más de un siglo. Unos bañistas que se zambullían en el mar saltando desde una balsa hecha con tablones de madera. Una niña que daba de comer de su mano a un gato que era casi tan grande como ella. Una familia regresando a puerto en su barca de vela tras una jornada en el mar… Me pareció que la brevedad de las secuencias filmadas sólo potenciaba su belleza.

Entonces recibí una llamada por teléfono desde nuestra casa de Playa América: mi hermana necesitaba un bolígrafo, un pilot PSG-BP (M). Como la papelería más próxima a casa estaba cerrada, seguí caminando hasta unos grandes almacenes que tampoco quedan muy lejos. No encontré el modelo exacto de bolígrafo y tuve que conformarme con algo parecido. Antes de salir me detuve en la sección de libros de cine buscando uno en concreto que tampoco encontré. En su lugar apareció éste.

De canto y en fila con los demás libros, me llamó la atención su título y la brevedad de su volumen. Al cogerlo, me fascinó la foto de la portada. Al abrirlo y leer en la primera página que el autor del libro, el autor de la fotografía y el modelo de la fotografía eran la misma persona, mi fascinación se multiplicó. El autor explicaba que había tomado la fotografía en una playa de Galicia, cuando era adolescente y quería hacer películas. De aquella época ya no conservaba las filmaciones que había hecho en super 8, pero sí las fotografías. Aquélla era una. El autor seguía explicando que ninguno de sus amigos había querido tumbarse al atardecer en las frías aguas de Galicia y que por eso había tenido que hacerse la foto a sí mismo.

Las frías aguas de Galicia… Dejé de leer y volví a mirar la fotografía. Su belleza me resultaba cada vez más familiar. Me recordaba un poco a la belleza de la última escena de “Muerte en Venecia”. Pensé que era como el regreso de la belleza que al final de la película de Visconti se alejaba por el mar. Pensé que era la superación de ese final. Me fijé entonces en el fondo del paisaje: el pequeño círculo del sol sobre la cabeza del chico, las dos islas en el horizonte y, delante de la isla más pequeña, la tenue silueta de un faro.

Hay un momento mágico en el que dejamos de ver algo y empezamos a reconocerlo. Un momento en el que somos el perro de Ulises. Y yo, allí, de pie, un sábado por la tarde, en unos grandes almacenes, después de los disfraces y de las filmaciones de Lumière, después de buscar un bolígrafo y de recordar “Muerte en Venecia”, yo era, era, el perro de Ulises… Y aquella playa, la playa de la fotografía era, realmente era… ¡Playa América!

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