El abrigo verde de Szymborska

“Todos mis poemas nacen del amor. Diría incluso que todos los poemas nacen del amor; incluso aquéllos que transmiten el mal tienen en el fondo una forma de amor hacia el mundo. Estoy totalmente convencida…”

Una del montón
Soy la que soy.
Casualidad inconcebible
como todas las casualidades.

Otros antepasados
podrían haber sido los míos
y yo habría abandonado
otro nido,
o me habría arrastrado cubierta de escamas
de debajo de algún árbol.

En el vestuario de la naturaleza
hay muchos trajes.
Traje de araña, de gaviota, de ratón de monte.
Cada uno, como hecho a la medida,
se lleva dócilmente
hasta que se hace tiras.

Yo tampoco he elegido,
pero no me quejo.
Pude haber sido alguien
mucho menos individuo.
Parte de un banco de peces, de un hormiguero, de un enjambre,
Partícula del paisaje sacudida por el viento.

Alguien mucho menos feliz,
criado para un abrigo de pieles
o para una mesa navideña,
algo que se mueve bajo el cristal de un microscopio.

Árbol clavado en la tierra,
al que se aproxima un incendio.

Hierba arrollada
por el correr de incomprensibles sucesos.

Un tipo de mala estrella
que para otros brilla.

¿Y si despertara miedo en la gente,
o sólo asco,
o sólo compasión?

¿Y si hubiera nacido
no en la tribu debida
y se cerraran ante mí los caminos?

El destino, hasta ahora,
ha sido benévolo conmigo.

Pudo no haberme sido dado
recordar buenos momentos.
Se me pudo haber privado
de la tendencia a comparar.

Pude haber sido yo misma, pero sin que me sorprendiera,
lo que habría significado
ser alguien completamente diferente.

Wisława Szymborska

(tr. Gerardo Beltrán y Abel A. Murcia Soriano)

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4 comentarios sobre “El abrigo verde de Szymborska”

  1. Szymborska o el constante asombro de estar vivos…

    “Un gato en un piso vacío”

    Morir, eso no se le hace a un gato.
    Porque qué puede hacer un gato
    en un piso vacío.
    Trepar por las paredes.
    Restregarse entre los muebles.
    Parece que nada ha cambiado
    y, sin embargo, ha cambiado.

    Que nada se ha movido,
    pero está descolocado.
    Y por la noche la lámpara ya no se enciende.

    Se oyen pasos en la escalera,
    pero no son ésos.
    La mano que pone el pescado en el plato
    tampoco es aquella que lo ponía.

    Hay algo aquí que no empieza
    a la hora de siempre.
    Hay algo que no ocurre
    como debería.
    Aquí había alguien que estaba y estaba,
    que de repente se fue
    e insistentemente no está.

    Se ha buscado en todos los armarios.
    Se ha recorrido la estantería.
    Se ha husmeado debajo de la alfombra y se ha mirado.
    Incluso se ha roto la prohibición
    y se han desparramado los papeles.
    Qué más se puede hacer.
    Dormir y esperar.

    Ya verá cuando regrese,
    ya verá cuando aparezca.
    Se va a enterar
    de que eso no se le puede hacer a un gato.
    Irá hacia él
    como si no quisiera,
    despacito,
    con las patas muy ofendidas.
    Y nada de saltos ni maullidos al principio.

    [traducción de Abel A. Murcia Soriano]

    Wisława Szymborska

    Creo que a ella le gustaría que fuéramos ese gato y la esperáramos a la vuelta de la esquina, con patitas mullidas y muy ofendidas 🙂

    También se ha ido Angelopoulos, pero queda en tantas trazas legibles…

    1. ¡Qué ternura en la expresión de esas “patas muy ofendidas” y ese matiz fabuloso al final: “al principio”! 🙂

      Se sonríe mucho leyendo a Szymborska…

      Angelopoulos, también inolvidable.

  2. es cierto, se sonríe mucho leyéndola… hoy he estado repasando sus libros y pensando cuánto me gusta, y constantemente me asaltaba esa ternura constante. He pensado que Szymborska es un ser que sólo ha sabido dar, que sólo sabe dar; de ahí su inextinguible riqueza interior

    y he recordado una canción de Caetano Veloso:

    “Se eu tivesse mais alma pra dar
    eu daria, isto pra mim é viver”

    otras poetas me han enseñado el temblor, la caricia del temblor, el fuego dentro del lenguaje, la lentitud, los movimientos tectónicos de la lengua que amenaza los contrafuertes que erguimos para garantizar el sentido (las palabras con-sentidas y el cruce de fronteras)

    Szymborska, cuya lengua no tiembla (aunque hace temblar las ideas y el con-tacto), enseña lo pequeño y lo cercano, la desnudez irónica, la extrañeza, el agradecimiento.

    me gusta especialmente cómo la ternura, la dulce ironía, transfigura su diagnóstico implacable sobre la condición humana en algunos de sus poemas:

    CONTRIBUCIÓN A LA ESTADÍSTICA

    De cada cien personas,

    las que todo lo saben mejor:
    cincuenta y dos,

    las inseguras de cada paso:
    casi todo el resto,

    las prontas a ayudar,
    siempre que no dure mucho:
    hasta cuarenta y nueve,

    las buenas siempre,
    porque no pueden de otra forma:
    cuatro, o quizá cinco,

    las dispuestas a admirar sin envidia:
    dieciocho,

    las que viven continuamente angustiadas
    por algo o por alguien:
    setenta y siete,

    las capaces de ser felices:
    como mucho, veintitantas,

    las inofensivas de una en una,
    pero salvajes en grupo:
    más de la mitad seguro,

    las crueles
    cuando las circunstancias obligan:
    eso mejor no saberlo
    ni siquiera aproximadamente,

    las sabias a posteriori:
    no muchas más
    que las sabias a priori,

    las que de la vida no quieren nada más que cosas:
    cuarenta,
    aunque quisiera equivocarme,

    las encorvadas, doloridas
    y sin linterna en lo oscuro:
    ochenta y tres,
    tarde o temprano,

    las dignas de compasión:
    noventa y nueve,

    las mortales:
    cien de cien.

    Cifra que por ahora no sufre ningún cambio.

    (Traducción de Gerardo Beltrán)

    Y al calor de esta ternura, incluso la crítica al ser humano (ese extraño animal, diría Blanca Varela) es un intensa celebración 🙂

    y un ala roza el fuego en cada verso

    1. “… enseña lo pequeño y lo cercano, la desnudez irónica, la extrañeza, el agradecimiento.”

      MICROCOSMOS

      Cuando se empezó a mirar por el microscopio
      se desató el pánico y hasta hoy anda suelto.
      La vida había sido hasta ese momento suficientemente delirante
      en tamaños y formas.
      Y así creaba también seres diminutos,
      mosquitas, gusanitos,
      pero que al menos se dejaban ver
      a simple vista humana.

      Y de golpe, bajo la lente,
      seres distintos hasta la exageración
      y ya tan poca cosa
      que lo que ocupan en el espacio
      sólo por compasión puede llamarse lugar.

      La lente ni siquiera los oprime,
      sin obstáculo parecen duplicarse, triplicarse
      completamente a sus anchas y al azar.

      Decir que son muchos, es decir poco.
      Cuanto más potente el microscopio,
      más precisa y exactamente aumentados.

      Ni siquiera tienen entrañas de verdad.
      No saben qué es el sexo, la infancia, la vejez.
      Quizá no saben ni si son, o si no son.
      Y sin embargo deciden sobre nuestra vida y nuestra muerte.

      Algunos permanecen inmóviles momentáneamente,
      aunque no se sabe qué es para ellos un momento.
      Como son tan pequeños,
      igual la existencia
      está en su caso proporcionalmente disminuida.

      El polen que lleva el viento es a su lado un meteoro
      del cosmos profundo,
      y la huella de un dedo, un extenso laberinto
      donde se pueden reunir
      en sus silenciosos desfiles,
      sus ciegas iliadas y sus upanishads.

      Hace ya tiempo que quería escribir sobre ellos,
      pero es un tema difícil,
      dejado siempre para más tarde
      y quizá digno de un mejor poeta,
      todavía más sorprendido que yo por el mundo.
      Pero el tiempo apremia. Escribo.

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