Keats de la mano

“Todo lo que el hombre quiera saber está escrito en letras fosforescentes, en letras de deseo.”

André Breton

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13 comentarios sobre “Keats de la mano”

    1. Me acaba de pasar ahora mismo como a un alumno mío hoy en clase. Estábamos tratando de expresar qué es el placer y él quería utilizar la palabra “énfasis”, que le parecía muy bonita y que creía que quería decir algo así como experimentar un goce muy intenso (supongo que por confusión con “éxtasis”) y cuando la buscó en el diccionario se quedó muy desencantado por el poco énfasis de la definición 🙂

      Me ha pasado lo mismo ahora con la palabra “incandescencia”. Quería decirte que yo creo que existe en nosotros la posibilidad (con el deseo) de la incandescencia pensando que esa palabra quería decir que algo arde por dentro infinitamente sin consumirse ni apagarse. Pero no, y vaya desencanto. Y no tengo palabra para la idea.

      En fin, precisamente hoy, hablando del placer, les preguntaba a los alumnos de 4º ESO si creían que el placer tiene siempre un principio y un final y algunos decían que sí, que lo asociaban normalmente a sensaciones intensas y breves, pero alguno dijo que existe también el propio placer de vivir, de estar vivos, y que ese podemos tenerlo siempre…

      La verdad es que no pudimos indagar más porque se pusieron a hablar todos atropelladamente, sin escucharse y les puse a hacer ejercicios del libro. Y chin-pún: extinción del placer de compartir.

  1. Me estaba imaginando tu clase de 4ºESO. y allí la frase de Breton debe ser un hecho real y cotidiano cuando te pones a arder y surge la chispa y la comunicación aunque despues venga el
    chin-pun.(o el recreo)

  2. …paso a celebrar el chin-pún (toque de chistera del mago) descorchando algunos versos 🙂

    たらいからたらいに移るちんぷんかん

    Tarai kara
    tarai ni utsuru
    chinpun-kan

    De una vasija (nacimiento)
    a otra vasija (muerte)
    ¡Cuánta palabra inútil!

    Issa Kobayashi

    Chinpun-kan, en japonés, puede traducirse por “bla, bla, bla…”: es una expresión que pretende reproducir onomatopéyicamente el murmullo del lenguaje sin sentido: Issa lo escribió en el umbral de la muerte para dar a entender que la vida de los hombres puede llegar a ser un puro enjambre de palabras vanas.

    Quizá nada de lo que realmente importa puede ser nombrado, pues no se puede detener en palabras el flujo extremo de la vida (salvo en el poema, porque en el poema el verbo delira, el verbo es a pájaros: vertiginosa insurrección azul):

    “NO PONDRÁS NOMBRE AL FUEGO

    No medirás la llama
    con palabras dictadas por la tribu,
    no pondrás nombre al fuego,
    no medirás su alcance.
    Todas las llamas son el mismo fuego.
    Mi cuerpo es una antorcha que alumbra los espantos
    que la razón construye en sus tinieblas.
    Hay que mirar al cuerpo, muy adentro,
    tocar el centro ardiente, abrirlo y propagar
    el gozo de la lava.
    No importa en qué caderas,
    en qué pecho resbale,
    no importa la estatura, el sexo o la materia
    pues todos caminamos sobre la misma pira.

    No medirás la llama con palabras que encubren
    los viejos sentimientos de los hombres”.

    Chantal Maillard

    y para concluir, el “chin-pún chin-pún” coreado por los músicos de Paolo Conte al final de “Azzurro”:)

    1. Gracias por la relación con el chinpun-kan japonés, me ha hecho mucha gracia, además de que es una cosa seria.

      A mí lo que más me gusta de las palabras y de compartirlas es que, a veces, es así como nos aproximamos juntos a ese “gran caer en la cuenta” que decía Valente que es la poesía y que para mí no se da sólo bajo la forma del poema. Pero para eso la escucha con interés y desinteresada es necesaria. Y por eso chin-pún, para que no todo sea chinpun-kan.

      En cualquier caso, creo que porque soy bastante silenciosa, admiro mucho la capacidad humana de hablar.

      Y sé que el fuego sin nombre habla.

      Y que hablamos el fuego.

      Me gustó mucho el poema de Maillard, y Conte, cómo me gusta Conte y su coro de músicos de Amsterdam. ¡Gracias!

  3. Respecto a la combustión y lo incombustible (¡interesantísimo tema!), creo que hay algo que arde eternamente en sí mismo y es por ello inextinguible: lo que pertenece a la vida y no acertamos a pronunciar, por mucho que cultivemos la lentitud, la escucha, la contra-dicción o el poema:

    “Quien preguntase a la vida…: “¿Por qué vives?”, ésta podría responder: “Vivo porque vivo”. La causa de ello es que la vida vive desde su propio fondo y desde su propio manantial; vive sin porqué porque vive por (para) sí misma.”

    Maestro Eckhart (citado en “Zen y filosofía”, de Shizuteru Ueda)

    El fuego era la vida: fuego que fluye bajo de la corriente de palabras en el mundo interpretado.

    Todo esto está relacionado con aquella frase de Walser: “Lo que perpetuamente fluye obliga a poseer una moral”.

    Para mí, la moral es la atención que se debe a la vida. Atención asociativa que indaga en la raíz de lo que somos y ahí disemina la ternura, el reconocimiento, el don de la hospitalidad. Atención a lo que arde suavemente, bajo los pliegues del “yo”, dictándonos el pulso de lo vivo.

    En el fragmento 261 de “Filosofía en los días críticos”, Maillard dialoga con Pessoa a propósito de estas cuestiones:

    261

    “No hay belleza, como no hay moral, como no hay más fórmulas que las que definen los compuestos. En la tragedia físicoquímica a la que llamamos vida tales cosas son como las llamas: simples señales de combustión.” (F. Pessoa)

    También la existencia lo es. Simple señal de combustión. El fuego queda; la existencia, que siempre ha de entenderse en plural, pasa. La existencia es un fuego frío. Solidificación, concreción de un arder que, si bien se efectúa siempre en sí mismo, no se basta, sino que se prolonga, como la lava prolonga el volcán fuera del cráter. La belleza y la moral son señales graníticas de una admiración, de una atención que estuvo viva, señales de una voluntad abierta y proyectada hacia lo otro, señales: formaciones sólidas que recuerdan que hubo una fusión, formaciones que recogemos con cuidado y a partir de las que haremos códigos, esos moldes que ritualmente consultamos y en los que delegamos las respuestas a nuestras preguntas más inquietantes. La belleza y la moral son nombres que damos a la absurda repetición de unas actitudes que ya nada se parecen a aquello de lo cual quisieran ser -y serán, todo lo más- símbolos.

    1. “Para mí la moral es la atención que se debe a la vida”, me gusta mucho…

      “Quien piensa lo más profundo, ama lo más vivo”, nos enseñaron que decía Hölderlin.

      Y qué bonito que la imagen del manantial describa la misma idea que el fuego inextinguible a pesar de que están pensadas a partir de elementos opuestos. ¡Cómo no nos va a gustar tantísimo la poesía!

      Añadiría, al diálogo sobre el fuego y la alegría físicoquímica de vivir de Pessoa y Maillard, una de las definiciones destructoras de lo granítico más maravillosas de la historia:

      “Bello es lo que uno ama” (Safo)

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