Consagración de la primavera

Los sueños (Akira Kurosawa, 1990)

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10 comentarios sobre “Consagración de la primavera”

    1. Me dejas fascinada con la música de Stravinsky…

      La coreografía late, se pega a la piel y golpea y golpea…

      Justo la vi por primera vez hace unos días…

      1. Son muy riquiños y como inocentes los movimientos… y los zapatitos!

        Y qué descubrimiento Stravinsky! Sus teclas pulsan algo dentro que tiende a la expansión… Gracias, Alguien!

  1. “Después, el caballero pasó a hablar de la primavera y del otoño. Dijo:
    -Cada estación tiene su propio encanto, pero ¡qué bella es una noche brumosa en primavera! Se puede percibir entonces la placidez del cielo y esa vaga claridad de la luna que parece flotar y extenderse en la neblina de la noche. En una noche así se escuchan muy bien las notas del biwa [especie de laúd de cinco cuerdas] cuando tocan una melodía tan reposada como el Fukôjô [Brisa fragante]. Pero ¿qué me decís del otoño? Especialmente, esas noches nebulosas de luna cuando la claridad lo baña todo y uno tiene la impresión de que puede recoger en la mano sus rayos… En momentos así, todo el encanto del otoño parece estar dentro del sonido del viento y del canto de los insectos. Y, si como fondo de esos sonidos, uno escucha los acordes animados del koto [especie de arpa horizontal de trece cuerdas] o el sonido transparente de una flauta, la belleza de tal noche posee una elegancia que, a mi juicio, es imposible de superar por la primavera. ¿Y el invierno? ¿A que es fácil olvidarse de los encantos del otoño y de la primavera en una de esas noches invernales frías y despejadas, cuando de repente se oyen en medio del silencio los tonos trémulos y vibrantes del hichiriki [instrumento parecido al caramillo], y alrededor se ve cómo la luna alta derrama su luz helada sobre la nieve que hay en el suelo?
    Nos preguntó:
    -¿Y a vosotras? ¿Qué estación os gusta más?
    Mi compañera repuso que el otoño. Yo, por no decir lo mismo, contesté así:

    Me quedo con la luna vaga de primavera,
    cuando el cielo de un verde tierno y los cerezos en flor
    están envueltos por la caricia de la bruma.

    El caballero repitió mis versos varias veces en voz alta. Después me preguntó:
    -En tal caso, ¿no os gustan las noches de otoño?
    Y añadió este poema:

    Si la vida se me alarga noche tras noche,
    no dejaré de acordarme de vos
    en las noches de primavera.

    Mi compañera, que se había pronunciado por el otoño, intervino entonces:

    En vista de que vuestros corazones
    se inclinan por la primavera,
    ¿tendré que quedarme sola a contemplar la luna de otoño?

    El caballero parecía divertido con la situación y fingió estar indeciso sobre a quién de las dos apoyar. Finalmente dijo:
    -Tampoco en China, desde épocas antiguas, parece haber sido fácil la decisión sobre qué estación era más bella, la primavera o el otoño. Alguna razón habréis tenido para haber tomado decisiones opuestas. A mí me ocurre que cuando hay algo, sea triste o alegre, que me toca el corazón, entonces el aspecto del cielo, de la luna y de las flores se me quedan profundamente grabados. ¡Cómo me gustaría saber las circunstancias que os han llevado a preferir la primavera o el otoño! Desde hace mucho la gente considera la luna de invierno como un objeto que mueve a la tristeza, a la desolación; además, el frío no invita mucho a salir y admirarla. Sin embargo, recuerdo las circunstancias que a mí me llevaron a verla de forma muy distinta”.

    “Sarashina nikki”, diario de Sarashina, dama de la corte imperial de Heian (siglo XI) (trad. Akiko Imoto y Carlos Rubio)

    Me asombra cómo las damas de la antigua corte imperial japonesa consagraban la primavera (y todas las estaciones) con poemas de su invención… Pienso mucho en aquellas mujeres admirables (Murasaki Shikibu, Sei Shonagon, Sarashina y otras…) y en cómo vivían y sentían en aquel mundo remoto de hace mil años, inimaginable y sin embargo para mí tan cercano. Se comunicaban con sus amigos y familiares con poemas: toda percepción sensible se volcaba en verso: la intimidad de un alma en comunión con los astros y el devenir de las estaciones…

    Tenían palabras maravillosas para realidades que nosotros sólo podemos expresar con perífrasis:

    “tsukimi”: contemplación de la luna

    “ukiguma”: nubes flotantes

    “tsuki”: luna llena de otoño

    “momiji”: visión de las hojas de otoño (en especial, las hojas de arce)

    “ugetsu”: la luna pálida después de la lluvia

    Y el tratamiento del color en Akira Kurosawa, tan afín a la poesía tradicional japonesa en “Ran” y “Los sueños”, ya presente en obras menos conocidas y maravillosas como “Dodes-ka-den”:

    En este vídeo hay un momento que me fascina: cuando el conductor del tranvía imaginario pasa por debajo del arcoiris. Pequeño y despojado haiku visual 🙂

    1. dodes ka-den
      dodes ka-den
      dodes ka-den!

      🙂

      ¡vi esta peli en la filmoteca de madrid hace años! la había olvidado por completo, no sé por qué, hasta que leí “dodes ka-den” y, antes de ver el vídeo, vino a mí muy claro su sonido locomotor incombustible! gracias por traerlo! y por señalar ese instante hermoso donde el corazón con alma de tranvía atraviesa los raíles del arco iris…

      me encantan los colores de Kurosawa, porque tienen esa dulce intensidad y son colores en los que uno no piensa normalmente… no sabía que guardaban relación con la poesía tradicional japonesa… también me gusta mucho cómo utiliza la música…

      te asombran las damas de aquel tiempo remoto que sientes tan próximo… y a mí me asombraría, pero no me extrañaría nada, encontrar en tu interior una corte imperial japonesa con lunas, brumas, nubes, cielos verdes, hojas de arce, cerezos, damas blancas hablando en forma de poemas, entusiasmadas, acariciando el alma de las estaciones…

      esas palabras de una cultura que sólo se expresan en otra lengua a través de perífrasis son maravillosas. mira lo que leí una vez:

      “En la lengua de los chukchis del noreste de Siberia, cuya tradición literaria es muy reciente, la palabra ‘tornillo’ se traduce por “clavo giratorio”, ‘acero’ por “hierro duro”, ‘hojalata’ por “hierro delgado”, ‘tiza’ por “jabón de escribir”, reloj por “corazón martilleante”…

      (Ensayos de lingüística general, Roman Jakobson)

  2. deliciosa lengua chukchi en la que nos da la hora un corazón martilleante… 🙂

    “Dodes ka-den” siempre ha sido una de mis películas favoritas, por la figura del inocente, la dulce intensidad, la nube cromática que la envuelve. Es una película que construye un delicioso “realismo onírico” muy particular…

    cuando me acerco a la lengua y a la cultura japonesa, me invade una sensación cálida y extraña: la sensación de estar en casa, de haber regresado de un largo viaje

    las damas de la corte eran de una delicadeza extrema:

    “Cosas que hacen latir deprisa el corazón:

    Gorriones que alimentan a sus crías.
    Pasar por un lugar donde juegan niños.
    Dormir en una habitación donde se ha quemado incienso.
    Advertir que un elegante espejo chino está un poco empañado.”

    Sei Shonagon, “El libro de la almohada” (trad. Borges y María Kodama)

    ¿Cómo no amar ese trazo delicado, el corazón que atraviesa los raíles del arcoiris?

    Borges decía que la literatura japonesa le parecía el ápice de la perfección, y sólo lamentaba no conocer la lengua para poder leerla en el original.

    Lo mismo puede decirse del cine japonés: hay tanto y tanto por descubrir, raras flores seductoras esperan a ser nombradas…

    1. Pero qué cosa más maravillosa ese poema de Sei Shonagon!! Es precioso… “cosas que hacen latir deprisa el corazón”… que hacen que el corazón lata más deprisa que el corazón de los relojes… que dejan atrás al tiempo…

      que Orientan un largo viaje…

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