La hoja

Ludwig Hohl dormido, fotografiado por Hanny Fries

LA HOJA

Un hombre se alejaba, en extremada soledad, del centro urbano; se sentó en un banco, al borde de uno de esos grandes bulevares que suelen llamar allá “cinturón”. Una hoja se posó sobre él, pues había árboles en aquel cinturón. En modo alguno se habría atrevido a tirar esa hoja: era una señal de lo alto y la guardó.

Debía volver a casa, donde le esperaba algo que comer, no tenía hambre, pero se había de alimentar. ¿O acaso era mejor, sin más espera, instalarse allí para toda la eternidad y morir? Fue justo entonces cuando un singular problema tomó forma. Un hombre que deambula por la calle con una hoja en la mano despierta extrañeza; pero él no tenía derecho a separarse de la hoja: era ésta una señal de lo alto. La hizo entonces girar entre sus manos cruzadas a la espalda como por distracción: un modo de evitar el ridículo. Y mientras así la hacía girar y girar, la hoja, repentinamente, cayó; en la última callejuela antes de llegar a donde vivía él. El hombre prosiguió su camino, la cobardía era demasiado fuerte en el fondo de sí y la hoja quedaba por tierra, atrás.

Un paso más, un paso y después otro, y la hoja quedaba cada vez más lejos, detrás de él, por tierra. Sentía su cobardía crecer, soñaba en campos inmensos que se agigantaban a la caída de la noche, y el recuerdo de la hoja volvía sin cesar y una vez más se perdía. En un momento dado, sin embargo, se hizo invencible el miedo, y el acontecimiento se produjo, surgió a pesar de todo: maquinalmente se volvió en busca de la hoja.

En esa pugna en la que se jugaban su felicidad y su vida había llegado de todos modos a decidir; por eso, apenas hubo empezado a desandar su camino, su marcha se hizo alegre: ya no temía a nadie, iba a buscar la hoja.

Caminó sin verla mucho tiempo. El viento la habrá arrastrado, pensó, o el pie de un transeúnte. Sintió entonces una gran tristeza. Después, el canto de una alegría lejana volvió a alzarse, porque la desgracia ya no vendría por él. Se encaminó con más alegre paso hacia su casa.

Cuando apenas había hecho la mitad de camino, vio la hoja. Estaba allí, sobre el empedrado, visible y tontamente. Pequeña y visible era la hoja, y el hombre comprendió cómo podía no haberla visto. Lleno de júbilo la recogió, sin preocuparse de las mujeres que, desde las ventanas, miraban mientras sacudían sus sábanas.

La victoria era ahora suya, manifiesta, en una inmediata claridad. Con la hoja en la mano, erguida la cabeza, entró en su casa.

Ludwig Hohl

(tr. José Ángel Valente)

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5 comentarios en “La hoja”

  1. creo que la trama de este precioso cuento es una forma de inquietud, un cierto fecundo desasosiego; la urdimbre es la secreta, la extrema, la impronunciable felicidad

    trama y urdimbre hilan el tejido del texto: una vida

    “La hoja” de Hohl me parece la perfecta antítesis y hasta cierto punto el alma gemela de otro cuento: “Wakefield”, de Nathaniel Hawthorne, que concluye con el protagonista entrando en casa después de haber recibido un don secreto…

    también me recuerda a este poema, que habla del don y de una cierta mirada, una cierta caricia que es gozo y hace mundo:

    Veamos la cosa en sí y nada más. Veámosla
    con el más vivo fuego de la vista.
    Todo lo que no es ella, redúcelo a ceniza.
    Traza en el cielo blanco el sol dorado
    sin la evasión de una sola metáfora.
    Míralo en su esencial austeridad
    y di: esto, esto es el centro que busco.
    Asegúralo en un verdor eterno

    y llena ese verdor de paz inmóvil,
    gozo de tal constancia, ignorancia perfecta
    de un cambio aún posible. Elimina el deseo
    de aquello que no existe. Ésta es la austeridad
    de la cosa que nada logra ser sino fértil.

    Wallace Stevens (trad. Andrés Sánchez Robayna)

    y también a este célebre párrafo…

    El infierno de los vivos no es algo por venir; hay uno, el que ya existe aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Hay dos maneras de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de dejar de verlo. La segunda es arriesgada y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure, y dejarle espacio.

    Italo Calvino, “Las ciudades invisibles”

    … la atención y buscar qué no es infierno, y dejarlo crecer, y abrirle espacio: la hoja, el don entregado desde lo alto, es una exhortación a que nos abramos a la sinfonía de pequeños signos que nos rodean y nos susurran desde su dulce vida polícroma…

    y la foto de Hohl durmiendo… ¿cómo no pensar en este otro sueño?

    y preciosa la hoja roja bañada en luz! Dan ganas de hacerle cuenco con las manos! 🙂

    por si no lo viste: dejé un par de enlaces en la entrada “Nada está lejos”

    un abrazo!

    1. Gracias, Stalker! He leído el cuento de Hawthorne, que no conocía, y luego he leído lo que escribió Borges sobre él y se comprende bien en qué contexto opresivo tuvo que vivir y escribir… Y sí, parece la antítesis perfecta de “La hoja”. De Hohl no he leído más que este cuento, pero a cambio lo he leído muchas veces. El gesto de volver a por la hoja y sentirla en las manos como un tesoro no importa lo que ocurra, siempre me ha conmovido mucho.

      Gracias por los fragmentos. Hay tantas formas de mirar, de leer, de sentir, de pensar, de escribir, de vivir… que todo es fértil! … y si le dejamos espacio, crecen ciudades invisibles! Y somos inocentes cuando soñamos!

      La hoja la cogí del suelo en Ginebra cuando tenía diecinueve años y sigue intacta! Luego leí el cuento de Hohl y a lo mejor por eso me gusta tanto 🙂

      En cuanto tenga otro rato intacto para mí, sigo los enlaces donde nada está lejos.

      Abrazos!

  2. creo que la hoja de Ginebra seguirá intacta siempre! Es lo que ocurre con las pequeñas cosas cuando se acogen, cuando encuentran en uno su morada (lentitud del corazón, apertura hacia el mundo): el tiempo ya no hace mella en ellas, la con-moción al acogerlas las sitúa en la delicada eternidad de las cosas que no cambian y sin embargo están muy cerca (dentro), signos indelebles de una ternura que no cesa, llamas que son caricias…

    y ahora me pregunto en cuál de las series de “Las ciudades invisibles” se incluiría Ginebra: la ciudad y el cielo, la ciudad y los signos, la ciudad y el deseo, las ciudades sutiles…

    hay un cuento que, como te ocurre a ti con el de Hohl, he leído muchas y muchas veces, siempre recorrido por la misma gratitud:

    “La casa parroquial”

    Durante una de mis excursiones llegué, hacia el atardecer, a una preciosa aldea rodeada de verdes colinas. Me dirigí a la casa parroquial y tiré de la campanilla. Un perro vigilante armó un alboroto atroz. Pronto aparecieron el pastor y su mujer ante la puerta. Ambos me miraron amigablemente y, a la vez, sorprendidos. “¡Estate quieto!”, gritó el pastor al perro. Pero a mí preguntóme en términos corteses y apropiados qué deseaba. Ya me había quitado hacía rato mi sombrero de excursionista y, aunque a punto estuve de echarme a reír de lo que iba diciendo, le dije lo siguiente:
    -Deambulando sin una meta precisa, acababa de pasar por aquí cuando, al ver esta simpática casa parroquial en la que, según creo saber, ha vivido y quizá viva todavía la entrañable muchacha a la que ando buscando para decirle una galantería, decidí, tras un momento de vacilación porque temía ser inoportuno, llamar a esta puerta, y aquí estoy ahora, un total desconocido para ustedes, víctima de una ligera confusión que, lo confieso muy gustoso, no me resulta nada desagradable, y quisiera preguntarle a usted, que me da la impresión de ser el pastor más afable y humano del mundo, si esa joven se encuentra aquí.
    “La verdad es que aún no conozco personalmente a la señorita, pero la aprecio y venero ya, sincera y profundamente, por todo lo que me han contado de ella. También parece que ella misma ha preguntado a unos allegados suyos que, a su vez, tienen amistad conmigo, del modo más entrañable y cariñoso por la persona totalmente fútil e insignificante que está ahora mismo ante ustedes, de suerte que casi me asiste el derecho, sereno y espontáneo, de presentármele para entablar la más apetecible y encantadora de todas las relaciones. Discúlpeme, señor pastor, y usted, también, señora, por haberme presentado de modo tan imprevisto en su casa; pero han de saber que, cuando salgo de excursión, estoy siempre de buen humor, y al estarlo yo, me imagino que también lo está toda la demás gente; además, este hermoso atardecer me resulta tan profunda y particularmente familiar y me observa con ojos tan dulces e inteligentes como los de ustedes dos, estimados señor y señora que tienen a bien mirarme ahora. Si está aquí la señorita, quizá le permitan salir un momento para que yo pueda verla.”
    Los dos respetables personajes sonrieron.
    -Esa digna persona a la que desea conocer no está aquí -dijo el pastor-; pero ¿quién es usted, si me permite la pregunta?
    También yo hube de sonreír. La pequeña escena tenía algo francamente entrañable y, a la vez, extraño.
    -Mi nombre -respondí- es fulano de tal, y soy estoy y aquello. Puede usted considerarme un estudiante que da vueltas por el mundo debido a sus estudios.
    -Lamento -replicó el señor- que no haya encontrado lo que buscaba.
    -Tal vez lo encuentre en otra oportunidad -repuse yo muy contento, y, tras pedir disculpas a mis interlocutores, que me escrutaron de pies a cabeza atentamente, aunque llenos de bondad, los saludé y proseguí mi camino.

    Robert Walser, Vida de poeta (trad. Juan José del Solar)

    ¿no es fantástico?

    cada vez que lo leo o lo recuerdo, en la cara se me queda una sonrisa sin cejas 😀

  3. Tera:

    ayer estuve viendo algunos cortometrajes de animación y uno de ellos me ha recordado a la hoja de Hohl, quizá porque hay un objeto que cae, como la hoja de un árbol, y porque el protagonista va a buscarlo y todo sucede en ese tránsito…

    creí que la animación era europea, más bien francesa, por el tipo de dibujo, pero el corto es japonés!

    me ha parecido una maravilla el trazo, los colores, la delicadeza…

    1. Es muy bonito el cuento de Walser, podemos estar seguros de que el personaje va a vivir cosas hermosas, así, con esa confianza sorprendente en las puertas desconocidas 🙂

      El cortometraje también me ha parecido muy bonito. Es una caricia de colores y trazos a la memoria sumergida. La Maison en Petits Cubes ou Ceci n’est pas une pipe! 😉

      Ginebra y los cisnes!

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