Vistas de la ciudad desde la terraza del conservatorio. Bach, flamenco… y justo cuando mi amigo A. iba a empezar a tocar una composición de Mompou, apareció la mujer que cierra las aulas.

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Meditación en huelga de rosales

Voy a invertir las horas que pasaría trabajando hoy en traducir un capitulito de este precioso libro.

EL GRAN DESPERTAR

Alrededor de los pueblos hay campo igual que alrededor de las ciudades hay fábricas. En el campo (sólo con dar la vuelta a una esquina se encuentra uno con los pies en la hierba), toda una vida permanece escondida, adormecida. Pero ya hay ciertas señales que anuncian el despertar: los días son más soleados, la temperatura asciende, de vez en cuando se siente un temblor.

Los niños, que son un barómetro viviente muy sensible, anticipan ya la explosión del buen tiempo; tienen la necesidad de moverse, correr, saltar, jugar. Es la primera vez en sus vidas que son conscientes de que la primavera está llegando, e incluso la prevén cubriendo en su diario las casillas consignadas del calendario: los días de sol en claro aumento, tres ceros en las casillas de la niebla… He aquí las pruebas evidentes de que la realidad atmosférica evoluciona favorablemente. Fuera, sin embargo, todo está en calma todavía; prudente, la naturaleza descansa. Todos los niños observan los detalles, prontos a captar cualquier signo del futuro despertar. Es Carolina la que trae la primera buena noticia:

“En mi casa hay un agujero del que salen hormigas con y sin alas. Hay una que ha volado sobre mi cabeza y ha caído en la sopa.” (25 de febrero.)

“Una libélula azul estaba posada sobre una rama y hacía temblar el agua.” (26 de febrero, Angelo.)

“En mi jardín he encontrado la primera margarita abierta.” (27 de febrero, Cosetta.)

“En mi jardín he encontrado pequeñas flores azules que se llaman los ojos de la Virgen.” (4 de marzo, Umberta.)

“Yo también, pero estaban cerradas porque hacía frío; las llevé a la escuela y se abrieron porque hacía calor.” (4 de marzo, Angelo.)

“El sol ha fundido la nieve y los ranúnculos han florecido en las cunetas. Tienen ocho pétalos amarillos y las hojas en forma de corazón.” (8 de marzo, Fiorella.)

Todos: “Las plantas nacen y crecen si tienen agua y calor. El agua viene de las nubes. El calor lo da el sol.”

El regreso de las golondrinas a sus nidos se convierte en una pieza teatral, una pequeña historia en tres episodios que se corresponden con las estaciones observadas.

I.

NARRADOR: – Las golondrinas revolotean y se llaman unas a otras: ¡chip, chip!

GOLONDRINAS: – Hermanas, aquí ya no quedan moscas ni mariposas. O partimos o nos moriremos de hambre.

TODAS: – ¡Chip, chip, chip! ¡Partamos!

UNA GOLONDRINA: – Allá, detrás de la montaña y del mar, hay muchas cosas que comer.

TODAS: – ¡Chip, chip, chip! ¡Vayamos! ¡Adiós!

II.

NARRADOR: – Llueve. Sopla el viento. El nido está vacío. Aúlla el viento.

III.

NARRADOR: – Las golondrinas han regresado.

UNA GOLONDRINA: – ¡Chip, chip, chip! ¿Dónde está mi casita? ¡Ah! ¡Allí! ¡Qué bien se está aquí! Voy a poner mis huevos y a incubarlos.

OTRA GOLONDRINA: – ¡Chip, chip, chip! Mi nido ya no está. Voy a ponerme manos a la obra en seguida para hacer uno nuevo con tierra y paja.

Algunos niños dibujan en sus cuadernos, a partir del texto teatral, la vida de las golondrinas. Otros dibujan los detalles; Ileana ha hecho unas flores magníficas, Fabio un vuelo lleno de golondrinas, Angelo un nido vacío, etc.

– Todos estos dibujos son tan bonitos – les digo – que si tuviéramos que reproducir uno solo en grande no sabríamos cuál escoger.

– Mirad, esto es lo que podríamos hacer – propone Angelo – : yo dibujaré el nido vacío porque nadie más lo ha hecho y es bonito. Ileana añadirá sus flores, que parecen de verdad, y todos los demás harán también las cosas bonitas que han dibujado. Así todos podremos pintar y el dibujo crecerá y será bonito.

Esta respuesta es tan lógica y constructiva que todos la tomamos en consideración. Los niños alinean sus cuadernos y señalan las cosas más bonitas, es decir, los elementos que formarán parte del gran mural.

– Para que quepa todo esto necesitaremos un papel muy grande – digo mientras despliego un inmenso papel de embalaje que hace sonreír de satisfacción a los niños.

– A mí me gustaría que fuera así de grande – dice Fabio abriendo los brazos.

– Y yo – dice Carolina –, yo creo que habría que hacer tres murales y después unirlos: el otoño, el invierno y la primavera.

Discutimos el proyecto. Algunos quieren que las golondrinas se dirijan a San Paolo, otros a Piadena. Unos quieren tres murales, otros uno solo. Pero no son oposiciones profundas y todos están ansiosos por hacer su contribución al gran dibujo. De hecho, nadie queda excluido del proyecto.

Nos ponemos de acuerdo sobre el tamaño (2m × 70 cm), colgamos el papel en la pared y dividimos el espacio en las tres partes correspondientes a las tres estaciones; a continuación marcamos  el lugar que ocuparán los distintos elementos, delimitando con una tiza de color la zona reservada para cada uno. De esta manera el mural estará “bien cubierto”.

Pasamos a la ejecución. ¿Por dónde empezamos? ¿Por las figuras o por el fondo? ¿Y cuáles serán los colores?

Por experiencia, todos están de acuerdo en que lo mejor es colorear primero los grandes espacios del fondo (el cielo y la tierra) para no tener que abordar enseguida el contorno de las figuras, trabajo difícil y peligroso que puede incluso estropearlas. Pero hay que establecer un turno: no más de dos niños a la vez, para no crear confusión. ¿Y dónde vamos a pintar? Si ponemos el papel en la pared, la pintura gotearía. Juntamos cuatro pupitres sobre los que colocamos la hoja. Nuevo problema: ¿dónde se sentarán los alumnos que se han quedado sin pupitre?

– Dos se pondrán en el sitio de los que estén pintando – sugiere Fabio –, y los otros…

Los otros, sentados en la tarima, se dedicarán a actividades individuales: lectura, bocetos, cálculo.

Así es cómo queda finalmente el gran mural: a la izquierda, la bandada de golondrinas que se van, un árbol que pierde sus hojas, un cielo gris. En el centro un gran pórtico con un nido vacío y un cielo de nieve; a la derecha, el sol en un cielo azul, las golondrinas que llegan, un cerezo en flor, flores nuevas.

Es realmente bonito. Colgamos la obra de arte en la pared, frente a las ventanas. La luz del sol, cuando el cielo está claro, enciende los vivos colores y toda la estancia resplandece.