Si se encienden las estrellas

Empecé a leer poemas con intensidad a los quince años. Un amigo me había regalado un libro de Neruda en aquellos días y recuerdo muy bien que no fueron los poemas lo que me conmovió (y me sigue conmoviendo ahora) tan profundamente, sino la dedicatoria. La cito de memoria: “A Teresa, para que el misterio de la poesía duerma siempre sobre su alma”. Teníamos la misma edad y sentí que ya nunca más estaría sola con el misterio.

Ayer encontré una minúscula antología de Maiakovski, uno de mis libros de la época, de cuando no tenía mi propio dinero y debía administrarme bien. Es un libro muy pequeño, pero dentro tiene un poema que entonces me abrió los ojos porque por primera vez alguien pensaba al mismo tiempo en mí y en todos los hombres.

Fue así como supe que ya nunca más estaría sola con las estrellas.

¡ESCUCHEN!

¡Escuchen!
Si se encienden las estrellas
¿no será porque alguien las precisa?
¿No será porque alguien desea que existan?
¿No será porque alguien llama perlas a esos diminutos escupitajos?

Y, sollozando inconteniblemente,
entre la ventisca y el polvo del mediodía,
irrumpe en el lugar donde está Dios,
temiendo haber llegado tarde,
llora,
besa su mano robusta,
y le implora
¡que siempre haya una estrella!
Y jura
que no soportaría el tormento de vivir sin ellas.

Y después
se paseará alarmado
aunque sereno en apariencia.
Y preguntará a un amigo:
¿No te sientes mejor ahora?
¿Verdad que ya no temes?
¡¿No es cierto?!
¡Escuchen!
Si se encienden
las estrellas
¿no será porque alguien lo necesita?
¿No será porque es indispensable,
para que cada tarde,
sobre los tejados,
se encienda al menos una?

Vladimir Maiakovski

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