Hamlet

Ofelia entre las flores, Odilon Redon (National Gallery)

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ROSENCRANTZ: Mi buen señor, ¿cuál es la causa de vuestra turbación? Cierto es que ponéis barreras a vuestra propia libertad si escondéis a vuestros amigos eso que os atormenta.

HAMLET: Me falta ambición.

ROSENCRANTZ: ¿Cómo? ¿No tenéis la palabra del propio rey para sucederle en Dinamarca?

HAMLET: La tengo, señor, pero “mientras crece la hierba muere el caballo”. Es un proverbio que casi huele. [Entran cómicos y flautistas]. ¡Ah! ¡Las flautas! ¿Me permitís ver una? En confianza, ¿por qué acecháis de ese modo poniendo el viento a mi favor como para que caiga en la trampa?

GUILDENSTERN: Mi señor, cuando el sentido del deber nos hace indiscretos, el afecto se vuelve descortés.

HAMLET: No acabo de entender eso. ¿No querríais tocar la flauta?

GUILDENSTERN: No sabría tocarla, mi señor.

HAMLET: Os lo ruego.

GUILDENSTERN: En verdad, no sabría.

HAMLET: Ea, os lo suplico.

GUILDENSTERN: No podría siquiera manejarla.

HAMLET: ¡Es fácil! Como mentir… Poned los dedos, y el pulgar también, en esos orificios; soplad y veréis cuán elocuente es su música. Fijaos bien: estos son los registros.

GUILDENSTERN: Sería yo incapaz de extraer de ella ni una sola nota melódica. Me falta la destreza necesaria.

HAMLET: Muy indigno debo pareceros, puesto que sí queréis que yo suene; y además conocéis mis registros y hasta me arrancaríais mis secretos más íntimos. Haríais vibrar todas mis notas desde la más baja de mi registro hasta la más alta. Y sin embargo, habiendo más música y tan excelente en este pequeño instrumento, no podéis hacer que hable. ¡Voto al cielo! ¿Soy yo más fácil de tocar que una flauta? Tomadme por el instrumento que mejor os plazca, manoseadme cuanto queráis, pero no lograréis tañerme.

William Shakespeare

(tr. Manuel Ángel Conejero Dionís-Bayer y Jenaro Taléns)

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Pero quien sea yo en este preciso tiempo de mis confesiones, lo desean saber muchos que me conocieron, pero que no me han conocido, porque si han oído algo de mí o a otros de mí, no pueden, sin embargo, aplicar su oído a mi corazón, donde yo soy tal cual soy. Quieren, pues, oír por confesión mía qué soy interiormente, allí donde no pueden dirigir la vista ni el oído, ni la mente. Sin embargo, están dispuestos a darme crédito, ¿acaso lo están por conocerme?

Confesiones, San Agustín

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